Opinión

Una mujer en el poder no transforma automáticamente las estructuras de desigualdad, violencia y exclusión.

Sheinbaum carga además con una pregunta que la persigue desde que llegó a Palacio Nacional: ¿cuándo se desprenderá de la sombra de Andrés Manuel López Obrador?

Qué difícil debe ser gobernar un país que se convulsiona entre la violencia del crimen organizado, la inseguridad cotidiana, las presiones internacionales y una realidad social que se resiste a caber en las cifras oficiales.

Y qué difícil hacerlo siendo mujer.

Claudia Sheinbaum puede plantarse frente a millones de mexicanos y rendir su Segundo Informe con la serenidad que exige la investidura presidencial. Pero detrás de la banda tricolor existe una mujer de carne y hueso. Seguramente duda, se preocupa y alguna noche hasta tiembla. Sería normal. Lo extraordinario del poder no consiste en no tener miedo, sino en aprender a gobernar con él.

Reconocerlo, sin embargo, no significa conceder indulgencias.

Angela Merkel enfrentó crisis financieras, migratorias y sanitarias; Jacinda Ardern respondió al atentado terrorista de Christchurch y a la pandemia; Michelle Bachelet gobernó Chile entre terremotos, protestas y fuertes tensiones políticas.

Las mujeres que gobiernan enfrentan una vieja trampa: deben demostrar autoridad sin parecer autoritarias, sensibilidad sin ser consideradas débiles y firmeza sin recibir calificativos que rara vez acompañan a los hombres poderosos.

Sheinbaum carga además con una pregunta que la persigue desde que llegó a Palacio Nacional: ¿cuándo se desprenderá de la sombra de Andrés Manuel López Obrador?

La pregunta me parece tramposa.

El poder nunca nace huérfano. Los presidentes mexicanos han heredado estructuras, compromisos, grupos, adversarios y consecuencias de quienes los precedieron. Los mandatarios priistas conocieron muy bien esa sombra; Vicente Fox dejó un país a Felipe Calderón, Calderón condicionó el que recibió Enrique Peña Nieto y López Obrador construyó buena parte de su identidad confrontando a sus antecesores.

Sheinbaum no necesita negar a López Obrador para demostrar que gobierna. Necesita construir su propia forma de ejercer el poder.

Y ahí aparece inevitablemente Omar García Harfuch.

Su protagonismo en la estrategia de seguridad lo ha convertido en uno de los hombres más poderosos y visibles del gabinete. No tendría por qué resultar contradictorio que una presidenta deposite responsabilidades enormes en un hombre. Gobernar también consiste en elegir a quienes ejecutan. Lo que sí será responsabilidad exclusiva de Sheinbaum será el resultado: si la estrategia funciona, será su gobierno; si fracasa, también.

Pero quizá su prueba más compleja no esté solamente dentro de México.

Donald Trump ha convertido el fentanilo, la migración y la seguridad fronteriza en instrumentos de presión sobre nuestro país y ha utilizado incluso los aranceles como herramienta política. Al mismo tiempo, China disputa con Estados Unidos mercados, tecnología, influencia y poder mundial. México quedó incómodamente colocado entre ambos gigantes.

Y el fentanilo dibuja con crudeza ese triángulo.

La DEA sostiene que los cárteles de Sinaloa y Jalisco Nueva Generación obtienen buena parte de los precursores para drogas sintéticas de proveedores de China —también de India—, los transforman en laboratorios clandestinos mexicanos y trafican el producto hacia Estados Unidos. Apenas el 27 de agosto, un fabricante mexicano de fentanilo se declaró culpable en Estados Unidos y admitió haber comprado a compañías chinas precursores utilizados para producir la droga en México.

China produce. México transforma y trafica. Estados Unidos consume.

La realidad es mucho más compleja que esa frase, pero explica por qué México quedó en el centro de una disputa que ya no es solamente comercial: involucra narcotráfico, soberanía y seguridad nacional.

Ahí Sheinbaum camina sobre una cuerda floja: cooperar con Trump sin permitir que cooperación signifique subordinación; combatir a los cárteles sin aceptar intervenciones extranjeras; relacionarse con China sin poner en riesgo la integración económica con Estados Unidos.

Qué difícil debe ser gobernar México cuando desde Washington exigen, desde Pekín negocian y dentro del territorio nacional los cárteles disputan poder y juventudes.

Porque detrás del Informe existe otro país.

El de las colonias populares donde el progreso del siglo XXI parece haberse detenido algunas calles antes. Ahí están los jóvenes para quienes el crimen organizado ofrece algo que el Estado y el mercado laboral demasiadas veces no consiguieron ofrecer primero: dinero, pertenencia y una expectativa inmediata de futuro.

No todos llegan al narco por pobreza y sería simplista afirmarlo. Pero mientras un adolescente pueda encontrar con mayor facilidad una oportunidad económica dentro de una estructura criminal que fuera de ella, ninguna estadística gubernamental debería dejarnos completamente satisfechos.

Un gobierno puede tener logros reales y, al mismo tiempo, existir una realidad que los contradiga en las calles.

Ambas cosas pueden ser ciertas.

Por eso ser la primera mujer presidenta de México tiene un enorme significado histórico, pero no constituye un cheque en blanco.

Una mujer en el poder no transforma automáticamente las estructuras de desigualdad, violencia y exclusión. Y el feminismo jamás debería convertirse en una coartada para evitar la crítica a una gobernante simplemente porque es mujer.

A Claudia Sheinbaum habrá que juzgarla por sus decisiones, sus resultados y sus errores. Con la misma exigencia democrática que merece cualquiera que concentre semejante poder.

Pero hay algo que una mujer que gobierna México no debería permitirse olvidar.

Mientras ella defiende la soberanía frente a Trump, administra la relación con China, contiene las herencias de López Obrador y confía la seguridad a Harfuch, hay otras mujeres enfrentando una guerra mucho más íntima.

Son las madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Las que descubren que el muchacho que criaron fue reclutado por el crimen. Las que esperan de madrugada temiendo una llamada. Las que recorren fiscalías, hospitales, cárceles, morgues y terrenos con una fotografía entre las manos.

Ellas también tienen miedo.

Sólo que no tienen escoltas.

México no comenzó a pudrirse con Claudia Sheinbaum. Este país lleva décadas construyendo violencias, desigualdades y abandonos que una generación heredó a la siguiente. Pero ahora esa historia está en sus manos.

Y quizá ahí radique la verdadera dimensión de tener por primera vez a una mujer en la Presidencia: que gobernar no sea únicamente defender el territorio llamado México, sino impedir que sigamos heredando a nuestros hijos un país del que sus madres tengan que salir a buscarlos.

REDACCIÓN

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