Opinión

Cada vez que jugó la Selección Mexicana ocurrió un fenómeno curioso. No precisamente en la cancha, sino en las redes sociales.

Columna GITANA INSURRECTA de Mónica Franco

Vi varias publicaciones de amigas que decían: «Hoy es el único día en que creo en los hombres». Otras, más sarcásticas, aseguraban que, durante noventa minutos, todos se convertían en entrenadores nacionales y estrategas del fútbol.

Me dio risa. Pero también me hizo pensar.

Porque son las mismas redes donde aparecen críticas hacia las mujeres que comentan que cierto futbolista está guapísimo o porque, solo por diversión, besaron a aficionados que llegaron de otros países a México durante el Mundial.

Como si disfrutar del fútbol por razones distintas fuera un pecado. Como si los hombres hubieran visto deportes toda la vida exclusivamente por la calidad técnica y nunca porque una atleta les pareciera atractiva.

Antes de seguir, conviene desmontar un viejo prejuicio: la falsa idea de que las mujeres no saben de fútbol. Muchas conocen de táctica, historia y estadísticas tanto o más que cualquier hombre. Hoy existen árbitras, jugadoras, directoras técnicas y comentaristas deportivas que lo demuestran todos los días. Sin embargo, todavía cargan con un estereotipo machista: cuando una mujer dice que le gusta el fútbol suele ser sometida a un examen para demostrar que «de verdad sabe».

Si un hombre se equivoca en un dato, nadie concluye que los hombres no entienden de fútbol; cuando se equivoca una mujer, el error suele convertirse en una sentencia colectiva, ya sea en la oficina, en los bares o en las redes sociales.

Pero también hay otra realidad: no todas vemos el Mundial de la misma manera. Algunas disfrutan analizando un partido; otras se emocionan con la narrativa de un encuentro estelar; otras simplemente acompañan a su familia. Y sí, algunas pueden empezar viendo un partido porque un futbolista les parece atractivo. Me incluyo.

¿Y cuál sería el problema?

Las mujeres también tenemos derecho a mirar, admirar y expresar aquello que nos gusta sin que eso descalifique nuestra inteligencia. Lo interesante es que, cuando escuchamos por qué ciertos jugadores resultan atractivos, casi nunca la respuesta termina en el físico.

Ahí está el noruego Erling Haaland. No responde al estereotipo clásico del galán. Sin embargo, miles de mujeres destacan algo distinto: la forma en que trata a los aficionados, la humildad con la que convive con ellos, su capacidad para reírse de sí mismo, el respeto con el que compite y una seguridad que no necesita imponerse con agresividad.

Durante décadas nos vendieron que la masculinidad irresistible era la del hombre rudo, distante e incapaz de mostrar ternura. Hoy muchas mujeres, particularmente las más jóvenes, parecen sentirse más atraídas por hombres que combinan fortaleza con empatía, liderazgo con respeto y éxito con sencillez.

Qué revolución en un deporte donde durante años han predominado el ego y el dinero. Porque una buena jugada emociona. Un gol al minuto noventa hace gritar. Pero la caballerosidad cotidiana también levanta pasiones.

Quizá por eso algunas empezaron viendo el Mundial por un futbolista atractivo… y terminaron descubriendo que lo verdaderamente seductor no era su físico, sino la manera en que habita el mundo, como Haaland.

Y esa, curiosamente, también es una victoria: la de las mujeres que elegimos mirar el fútbol con libertad y la de las nuevas masculinidades que ya no necesitan demostrar su fuerza renunciando a la sensibilidad.

REDACCIÓN

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