Opinión

El ser humano, es el ser más inepto al nacer. Carece de las capacidades instintivas para la sobrevivencia, tiene que empezar, mediante una rudimentaria y elemental forma de comunicación

EL ESPACIO de José Luis Gámez J.

Las características que hacen diferencia entre el ser humano y los animales es el lenguaje tanto el articulado como el escrito cuyo fin primordial es, comunicar con una flexibilidad conceptual que va muy de la mano con la preparación tanto escolarizada como la educación adquirida en el seno familiar y en la comunidad donde una persona crece y se desenvuelve.

El ser humano, es el ser más inepto al nacer. Carece de las capacidades instintivas para la sobrevivencia, tiene que empezar, mediante una rudimentaria y elemental forma de comunicación: el llanto estruendosamente sonoro, a comunicar sus necesidades ingentes.

El adulto, generalmente, sin saber el oficio y sin vocación con escasas herramientas educativas transmite, a ese infante inútil por nacimiento, lo que bien describe Joan Manuel Serrat: “les vamos transmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”.

El lenguaje es la manifestación de lo que tenemos, de nuestra visión de nosotros mismos y del mundo que nos rodea; en nuestros contenidos, expresamos todo lo aprendido, lo heredado y, muchas veces hasta lo visceral en las expresiones que nos identifican, fuertemente, con alguno de nuestros ancestros.

Con nuestro lenguaje manifestamos conceptos, unos muy rudimentarios otros, muy abstractos y simbólicos, así como sentimientos y emociones tanto nobles y creativas, como erróneas y hasta perversas. El yo, se externa con plenitud de tal manera que puede ejercer, por su fuerza, una influencia, a veces, definitiva en quien escucha o, por el contrario, puede pasar desapercibido ante la superficialidad de los argumentos y expresiones.

El lenguaje además de ser exclusivo de nuestra especie, como sistema de comunicación es altamente complejo y simbólico; además tiene la capacidad de revolucionar conciencias o adormecerlas, de convencer o de discrepar, de alentar o desalentar. Siempre ha existido esto que se llama, la ley de la contradicción; en la naturaleza como en la sociedad hay elementos opuestos que, si bien es cierto que se contradicen, son necesarios para existir.

Hay sucesos que se polemizan con euforia y vehemencia, se comentan con aires hasta de fanatismo. Se analizan, muchas veces de manera tendenciosa y unilateral cuando estos se están sucediendo, pero, una vez que pasan a la historia se les trata con relativa trascendencia o, simplemente, se archivan para ser, posiblemente, reactivados como punto de referencia. Tal es el caso del evento que se está sucediendo en estos días: el mundial de fútbol realizándose en tres sedes: Canadá, EE. UU y México.

Este suceso que se da cada cuatro años es motivo suficiente para activar la ley de la contradicción como parte de la dialéctica deportiva, que, a su vez, forma parte de la vida misma con su esencia de cambio y evolución constante; tal cambio y evolución se da a través de la confrontación de ideas opuestas sin que se afirme, necesariamente con ello, la destrucción de posturas y de amistades sino de acompañamiento activo para encontrar, conjuntamente la verdad.

En la política, en la religión y en los deportes sobran los expertos ruidosos que utilizan con habilidad el lenguaje para hacer sentir que son poseedores de la verdad, que sostienen firmemente sofismas capaces de destruir reputaciones, de ser absolutamente discriminatorios, que desprecian y descalifican y que son profundamente elitistas arguyendo hacer uso de la libertad de expresión pero, como escribiera el filósofo  Emilio Lledo: “de qué te sirve la libertad de expresión si utilizas el lenguaje para decir imbecilidades; para qué sirve tu libertad de expresión si  no sabes pensar, si no tienes sentido crítico, si no sabes ser libre intelectualmente”.

También hay que reconocer que hay, tanto personas sensatas que al escuchar argumentos bien fundamentados se convencen y pueden, en muchos casos, convertirse en aliados, como también existen quienes en su mente , además de carecer de una capacidad argumentativa, tienen sembradas lo que algunos llaman: ideas tornillo porque las tienen bien afianzadas de tal forma que, difícilmente se les pueden destornillar, otros, poseen ideas carroña o ideas buitre; en cualquiera de estos casos, solo los expertos en salud mental podrían, parcialmente, modificar esas deficiencias.

Entre la salud y la enfermedad mental hay una línea muy delgada que tiene que ser acuciosamente vigilada; analizar la calidad de nuestro propio lenguaje, ya sea escrito, verbal o corporal nos dirá en que dirección estamos caminando y hasta que nivel somos tolerantes a la toxicidad del ambiente en el cual nos desenvolvemos.

Aceptar la contradicción no como un problema sino como un motor de cambio y de desarrollo es otra de las tareas personales, pues el clásico rechazo o la negación del conflicto impiden el crecimiento personal y la evolución de las ideas.

Finalmente: la meta es armonizar los polos opuestos; no asustarse ni huir de ellos.

En toda discusión hay casi siempre, una conclusión y un equilibrio entre coincidencias y divergencias, es más, si prevalecen las fricciones y las divergencias, con el tiempo se notará el cambio y el desarrollo. Solo hay que dejar que el lodo se seque.

REDACCIÓN

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