Opinión

En los rituales mesoamericanos, como muestra de veneración y respeto se incluían los  cráneos de difuntos y, a su vez, icono del Mitlantecutli, dios de la muerte

EL ESPACIO de José Luis Gámez J

En medio del mosaico de tradiciones Mexicanas se encuentra la que está por celebrarse en próximos días: la fiesta sí, porque esta es una fiesta donde las luces, las velas, los colores, la música, las muestras de bienvenida y todo lo que rodea a este acontecimiento es muy festivo; estamos hablando del día de muertos y el día de todos los santos.

Esta es una celebración muy singular y muy ancestral que tenía, desde época de los Mexicas, toda la singularidad en su concepción sobre la muerte muy diferente a la de otras culturas en el mundo.

 La muerte, para el pueblo Mexica, era una transición a otro plano de existencia, no el fin de la vida; no era el fin absoluto, era un proceso de regeneración constante que mantenía el equilibrio del cosmos. En otras palabras: se comparaba y, de manera muy bella, el pensamiento sobre la muerte con el ciclo que el sol cumple cotidianamente: nace por el oriente, llega al cenit, al esplendor del mediodía con toda su fuerza creativa y luminosidad intensa, sigue su camino lento y descendente hacia el poniente hasta llegar al ocaso, marcando el atardecer para, por fin morir y esconderse en medio  de la noche y, renacer al día siguiente constituyéndose así en un movimiento perpetuo, una permanente relación vital que descarta la ausencia definitiva.

Esta concepción era la misma que sostenían para con los demás elementos de la naturaleza y el cosmos: por tanto, esa relación estaba impregnada de respeto y gratitud; para ellos, todo lo que les rodeaba no tenía el sentido utilitarista, al contrario; formaban parte de su existencia y había que tratarlos con respeto, así que, tenían rituales donde pedían permiso a la tierra para poder labrarla, para cortar un árbol; agradecían a la lluvia (Tlaloc), al sol: (Tonatiuh) por todos sus beneficios.

Claro está que a los muertos les tenían un profundo respeto y, así lo demostraban en sus rituales qué incluían cantos, ofrendas de alimentos, flores y objetos personales, estos eran artículos necesarios para recorrer el camino del inframundo que los conducirían  hacia los diferentes lugares según el tipo de muerte que hubieran tenido. Por Ejemplo: el Mictlán, era el lugar destinado para aquellos que fallecían de muerte natural; Tonatiuh Ichan: lugar para guerreros muertos en batalla, mujeres que morían en el parto que eran consideradas como guerreras; los ahogados y los electrocutados por un rayo iban al Tlalocan, considerado un paraíso acuático. Hay más ejemplos de destinos, todos ellos, tienen algo en común: la importancia y el significado amoroso  y trascendente del ritual que ha resistido el paso de tantos años, la resistencia a los evangelizadores que consideraban paganos todos esos rituales y que tuvieron que aceptarlos y cristianizarlos tácitamente, creándose así un sincretismo que aún perdura en nuestros tiempos, conservando lo esencial: las flores, los alimentos, los cantos, además de los matices y particularidades regionales que imprimen su propio sello.  Así Pátzcuaro en Michoacán, Oaxaca, Mixquic, ejemplifican, por su estilo que es atrayente y acapara la atención tanto nacional como mundial.

En los rituales mesoamericanos, como muestra de veneración y respeto se incluían los  cráneos de difuntos y, a su vez, icono del Mitlantecutli, dios de la muerte quien presidia,  el Mictlan. Posteriormente, en las ofrendas, también vemos cráneos pero estos están elaborados con azúcar; cariñosamente les llamamos calaveritas y, a propósito de ellas, tenemos que recordar a José Guadalupe Posada, artista gráfico ( 1852/ 1913) quien entre tantas creaciones como la “calavera garbancera” título irónico y crítico de la sociedad elitista de su tiempo, también creó la que ha trascendido hasta nuestro tiempo y ha llegado al top ten de la fama pues, al filmarse en ciudad de México escenas de la película de James Bond: “Spectre” hay un desfile de día de muertos donde extras y actores se maquillan y visten como la CATRINA: esta es la versión femenina del CATRIN, ambos personajes fifís de los finales del siglo XIX y principios del XX y que por sus características aspiracionistas fueron objeto de crítica y a su vez al representarlos como esqueletos Posada hacía alusión a la muerte como personaje ejerciendo la democracia que al final, sin importar condición, género, títulos o rangos: jala parejo.

Hay mucho por describir en torno a esta fiesta muy nuestra, es una de las tantas muestras de nuestra Mexicanidad que imprime nuestra peculiar personalidad como individuos y como pueblo. Al igual que nuestros ancestros que entraban a sus Teocallis cantando y bailando con sus coloridos ropajes para venerar y mostrar sus respetos, nosotros, con nuestro sincretismo hoy, seguimos manifestando nuestra fortaleza e identidad a través del fomento y conservación de nuestras tradiciones.

REDACCIÓN

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