“No es solo añoranza o recuerdo, es el fuerte lazo que se ha venido tejiendo desde nuestros más remotos ancestros, pasando por nuestros abuelos y nuestros padres que, a su vez, nos lo han heredado y nos han dejado dicho, todos los fallecidos aun sin estar están, siempre y cuando no sean expulsados de nuestra memoria y corazón”.

Cada año, y según la región de nuestro País, afloran los símbolos tanto comunes como regionales para celebrar y conmemorar al mismo tiempo la tradición, el respeto y el recuerdo ancestral para todos los seres queridos que han fallecido.
Con esta tradición que se remonta hasta el periodo Prehispánico donde con diferentes ceremoniales, el pueblo se congregaba para ejecutar los rituales propios para honrar a sus difuntos con una visión cosmogónica qué no concebía el fin absoluto, más bien un proceso cíclico muy espiritual centrado en el renacer a una nueva vida; mostrando a su vez un equilibrio cósmico percibido desde la interpretación de cada elemento de la naturaleza y del universo.
Una breve reflexión sobre la simbología concreta impresa en un pan que, en diferentes regiones del Estado de Puebla, se consume en estos días de Fieles Difuntos, el tlacotonal: este es un pan que tiene la forma elemental de un cuerpo humano en actitud yacente con dos tiritas de masa cruzadas en el pecho en señal de auto abrazo, cubierto en su totalidad con azúcar teñida de rojo.
En la época Prehispánica los Mexicas elaboraban una masa con amaranto, miel de maguey y un poco de sangre de los sacrificados para ser alimento de sus guerreros, comían esta mezcla pues era una especie de “comunión”, ya que, para ellos, era comer la carne de los dioses que les daba fortaleza física y espiritual, a su vez, colocaban esta mezcla ya moldeada con imágenes de sus dioses en las ofrendas dedicadas a sus difuntos qué habían partido para seguir nutriendo a la tierra.
Esto provocó un profundo horror en los conquistadores que traían una cosmovisión católica pues interpretaron como un acto aberrante, demoniaco ya que consideraban que era una burla pagana hacia la comunión católica. Prohibieron tanto el cultivo como el consumo, tratando de que el pueblo que olvidara al Tzoalli (amaranto) considerado como la más pequeña partícula dadora de vida.
Cuando los Mexicas vieron la elaboración de pan de trigo, trajeron a su memoria esa mezcla y la sustituyeron y, en vez de amaranto utilizaron trigo, aprendieron a amasar y moldear las efigies de sus dioses y difuntos, coloreándolos con el rojo cochinilla, prolongando así el símbolo y el significado encerrado en este pan que se coloca en la ofrenda, aun en nuestros tiempos, como muestra de perdurable resistencia.
La hojaldra ya con ingredientes procedentes de otras regiones del extranjero, como la canela de Ceilán, el ajonjolí de las regiones de África; el anís y el azahar, de procedencia egipcia y árabe, forman parte de los ingredientes aromáticos con un olor atrayente, espiritual y místico que, combinados con esas cuatro protuberancias alargadas dispuestas en cruz y que rematan en el centro de la hojaldra ante una bolita significando, tanto las canillitas como la cabecita de un difunto, produciendo, con su amalgama de aromas y sabores un mundo fantástico e inefable.
A los elementos anteriormente mencionados se agrega el copal quemado con ocote en el sahumerio; todos estos elementos en su conjunto, invaden delicadamente cada espacio de un hogar que prepara con esmero la visita tan esperada. Esta celebración no podría estar completa sin la luz, flores y comida. Nosotros no entendemos la presencia de un ser inanimado y que asusta sino de alguien que sigue proporcionando su fuerza, en ese proceso cíclico. para animar nuestras vidas, para el mantenimiento y la renovación del cosmos y para los que continúan la vida dentro de la muerte.
Para mostrar nuestra cariñosa anfitriona damos por hecho que nuestros visitantes se podrían encontrar desorientados, así que les mostramos el camino hacia casa con una vereda formada con pétalos de cempaxúchitl flor estridente en sus colores naranja y amarillo; al mismo tiempo la luz de velas y veladoras encendidas que les anuncian la proximidad de su destino.
También, damos por hecho que vienen cansados, después de estar sosteniendo, con su fuerza y vigor, el equilibrio del universo y la fatiga del largo camino que los trae hasta acá; les tenemos preparado un vaso de agua, un recipiente con un puñito de sal que son símbolos de sustento y purificación de su espíritu, además de refrigerios qué tanto les gustaban; al mismo tiempo, gozosos les obsequiamos esos platillos, frutas y golosinas, para ellos, favoritas.
En nuestro México, una vez realizada la conquista, prevaleció una resistencia activa pero callada. La Iglesia trato de sepultar los Ceremoniales y ritos dedicados a nuestros muertos que se celebraban con fechas diferentes.
En nuestras tradiciones los rituales se llevaban a cabo después de las cosechas y se incluían fechas específicas al final del mes de octubre dedicadas a recordar a personas fallecidas en diversas circunstancias: los niños y niñas, los muertos con violencia o accidentados, las mujeres fallecidas durante el parto, los ahogados inclusive las mascotas.
Ante la resistencia ofrecida y que los evangelizadores no pudieron eliminar, optaron por cristianizarla y declararon el primero de noviembre como día de todos los Santos y el día dos, como día de los fieles difuntos; creando así este sincretismo donde la liturgia católica y los ritos Prehispánicos conviven respetuosamente.
Los sentimientos expresados por en el pueblo mexicano en estas fechas, en general, son de alegría pues se hacen patentes las coloridas explosiones en el papel picado, los arreglos florales, la innovación moderna en el maquillaje y vestuario femenino que emula a la catrina, creación del grabador José Posada; además la algarabía familiar en los momentos que, en conjunto, levantan el altar acompañando con música y canciones su labor, recordando anécdotas, gustos y aficiones del finado.
Símbolos, significados y emociones como mezcla abigarrada se muestra en lo individual como en lo colectivo, el respeto la sabiduría popular, el humor y el cariño hacia nuestros difuntos se patentizan desde lo más profundo del alma mexicana. Por todo esto ha declarado la UNESCO a estas fiestas, celebraciones o conmemoraciones: Patrimonio Intangible de la Humanidad.
Por último, en Las costumbres mexicanas existen las calaveritas literarias que de algún modo resaltan tanto virtudes, defectos o características particulares de personajes ya sean importantes o amigos y conocidos. Se elaboran con intención humorista y, generalmente escritas en versos octosílabos.
A continuación, va esta calaverita dedicada a MUNDO DE MUJERES:




