Algo está cambiando en la política mundial: el rostro de quienes llegan al poder.

Y quizá esta transformación también debería hacernos mirar hacia México, donde Morena nació como un movimiento progresista que arrasó electoralmente y transformó el mapa político, pero con los años se convirtió en una estructura mucho más amplia, incorporando a personajes provenientes de otros partidos y de otras tradiciones políticas.
Berlín acaba de ofrecer una imagen potente. Elif Eralp, abogada de 45 años, hija de migrantes políticos turcos, colocó a Die Linke como la fuerza más votada en las elecciones de la capital alemana, con 25.7% de los votos. Es la primera vez desde la reunificación que la izquierda rompe la alternancia entre conservadores y socialdemócratas en Berlín.
Pero quizá lo más importante no sea el porcentaje, sino quién es Eralp y de qué habló durante su campaña: vivienda, costo de vida y derechos.
Los jóvenes berlineses también dieron una señal: 43% de los votantes menores de 25 años apoyaron a Die Linke.
La pregunta entonces aparece sola:
¿Qué ocurre cuando la política vuelve a hablar de la vida cotidiana?
Mientras las derechas radicales han convertido el miedo a la migración, la inseguridad y el descontento social en combustible político, Berlín muestra que ese descontento también puede convertirse en una demanda de derechos y justicia social.

La ultraderecha no tiene el monopolio del descontento.
Y Berlín no es un caso aislado.
En Colombia, Francia Márquez, una mujer afrodescendiente y activista ambiental, llegó a la Vicepresidencia. En Chile, Gabriel Boric llegó a la Presidencia a los 36 años, después de haber sido dirigente estudiantil. En Nueva York, Zohran Mamdani, de 34 años, llegó a la alcaldía con una campaña centrada en hacer más asequible la vida en la ciudad, particularmente en vivienda y costo de vida.
En México, Claudia Sheinbaum se convirtió en la primera mujer presidenta.
Historias distintas, países distintos, proyectos políticos distintos.
Pero hay algo que las conecta: el poder dejó de tener un solo rostro.
Durante décadas la política pareció pertenecer a una élite de hombres mayores, con las mismas trayectorias, los mismos códigos y las mismas estructuras partidistas.
Ahora aparecen mujeres, jóvenes, personas afrodescendientes, hijos e hijas de migrantes, activistas, ambientalistas y dirigentes sociales.
Personas que están diciendo:
Quienes no nacimos dentro de las élites políticas también podemos gobernar.
Y aquí es donde México debería mirarse al espejo.
Morena nació de un movimiento que canalizó un profundo descontento social y logró una transformación electoral histórica. Pero con los años también se convirtió en una estructura donde confluyen antiguos militantes de otros partidos, distintas trayectorias y, en ocasiones, posiciones políticas difíciles de reconocer dentro de una identidad claramente de izquierda.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Qué queda de una identidad de izquierda cuando dentro de un mismo partido caben prácticamente todas las tradiciones políticas?
No se trata de negar la pluralidad. Los partidos cambian cuando crecen.
Pero quizá ha llegado el momento de preguntarnos algo más importante:
¿Dónde están los nuevos rostros?
La política mexicana sigue recurriendo con demasiada frecuencia al político con historia familiar generacional, al hombre de traje, a la carrera partidista interminable, al discurso acartonado o a la mujer impulsada por un hombre de poder.
¿Por qué no pensar en una renovación generacional real?
No porque ser joven garantice ser mejor. Ni porque la edad sea un defecto.
Sino porque una sociedad que cambia necesita que su representación política también cambie.
Personas menores de 50 años que provengan de las universidades, los barrios, la cultura, el medio ambiente, las organizaciones sociales, los movimientos feministas, las comunidades y los territorios.
La política no debería ser una profesión reservada para una élite.
Tampoco debería reducirse a administrar las siglas de un partido.
Las nuevas generaciones quieren respuestas concretas: cuánto cuesta rentar, cuánto tarda el transporte, quién puede acceder a una vivienda, dónde hay empleo, cómo se vive en una ciudad, quién puede caminar segura por ella y quién tiene derecho a decidir sobre su propia vida.
Ese es el reto para quienes hoy aspiran a gobernar.
No basta con hablar de lo que robaron los gobiernos anteriores.
La memoria importa, pero una campaña no puede vivir eternamente del pasado.

La ciudadanía también quiere saber:
¿Qué vas a hacer por mí?
Quizá esa sea la lección de Berlín.
No solamente que una fuerza de izquierda ganó una elección, sino que una mujer hija de migrantes puede colocarse en el centro de la política; que los jóvenes pueden modificar el mapa electoral y que el descontento social también puede encontrar una respuesta distinta al miedo.
El poder está cambiando de rostro.
Y quizá una de las grandes batallas políticas de nuestro tiempo no sea entre izquierda y derecha, sino entre una política que quiere seguir pareciéndose a las élites de siempre y otra que se atreva, finalmente, a parecerse a la sociedad que pretende gobernar.



