Después del terremoto en Colombia
Imagen © Valentina Escobar Salazar Un edificio en Cali, Colombia, quedó en ruinas tras un terremoto de magnitud 7,4.

Especial por Laura Quiñones en @mundomujeres||
AYUDA HUMANITARIA primera parte
En una de las ciudades más golpeadas por el terremoto que sacudió Colombia, cientos de personas siguen esperando noticias de familiares, amigos y vecinos desaparecidos. Mientras los rescatistas buscan vida bajo los edificios derrumbados, los habitantes de Cali han salido con agua, comida, herramientas y sus propias manos para ayudar. Naciones Unidas ya ha desplegado equipos y recursos en el país para apoyar la respuesta y atender las necesidades más urgentes.
Víctor Manuel Rodríguez sintió que podía ser su último día cuando el edificio donde vive comenzó a sacudirse. Estaba en el sexto y último piso de su edificio en Cali cuando los cristales se rompieron y, al mirar por la ventana, alcanzó a ver cómo estructuras cercanas empezaban a desplomarse. Fue ahí cuando agarró a su perrita en brazos y salió corriendo por las escaleras.
“Fue algo muy, muy fuerte. Fue muy jodido para todos sentir que podría ser el último día”, recuerda.
Victor permaneció varias horas fuera antes de poder regresar a casa mientras hacían evaluaciones estructurales. Cuando finalmente pudo entrar, organizó un poco el apartamento y comenzó a buscar entre sus cosas aquello que podía servir en una emergencia: una linterna, unos guantes, silbatos y parte del equipo que normalmente utiliza para hacer senderismo en su tiempo libre. Después salió de nuevo, pero esta vez no para ponerse a salvo.
Se dirigió a Capri, en el sur de Cali, donde varios edificios habían colapsado. Conocía bien esa zona porque muy cerca está la unidad residencial donde creció. También sabía que entre las personas que permanecían bajo los escombros había una conocida suya. “Estamos esperando que esté con vida”, decía mientras continuaban las labores de búsqueda.
Cali, la tercera ciudad más poblada de Colombia y capital del Valle del Cauca, quedó en el centro de una de las zonas más golpeadas por el terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto. Hasta la tarde del 12 de agosto, el departamento registraba 132 personas fallecidas, 238 desaparecidas y más de 2500 heridas, según los datos oficiales recopilados por la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de
las Naciones Unidas (OCHA). En total unas 36.000 personas han sido afectadas en la región.
Pero frente a los edificios derrumbados esas cifras adquieren otra dimensión. Allí hay hijos esperando por sus padres y madres, vecinos preguntando por vecinos y amigos y familias que pasan las horas pendientes de cualquier noticia de sus seres queridos. Víctor permaneció durante buena parte de la tarde y la madrugada del lunes junto a rescatistas y voluntarios, en un lugar donde el ánimo podía cambiar en cuestión de minutos.
Había momentos en los que los equipos pedían silencio y todos se detenían para intentar escuchar algún sonido debajo del concreto. Cuando aparecía una señal, la esperanza recorría a quienes esperaban alrededor. Víctor recuerda haber llegado poco después de que rescataran a una persona con vida; después vio salir otras dos. Más tarde fueron recuperados tres cuerpos. Cuando regresó a su casa, supo que habían conseguido sacar a otra persona viva.
“Es desgarrador ver sacar cuerpos sin vida y también es como un subidón de energía y un golpe de humanidad cuando se rescata a alguien”.
En medio de esas horas comenzó también a reconocer caras. Una de ellas era la de un compañero con quien había cargado materiales durante la madrugada. Al día siguiente volvieron a encontrarse en otro edificio derrumbado buscando dónde podían seguir ayudando. Entonces se dieron cuenta de algo: habían compartido buena parte de la noche anterior sin saber siquiera cómo se llamaba el otro.
“Ayer estuvimos cargando cosas juntos y aquí estamos ahora otra vez. No nos sabemos ni el nombre”, dice Víctor. La experiencia, dice, empezó a cambiar la manera en que pensaba en las personas que lo rodeaban. “Empecé a sentir que no era solo mi familia, sino la familia que somos todos, el vecino, el conocido, el señor de la esquina, el viejito que no camina casi”.



