Opinión

«La violencia vinculada al futbol tampoco ocurre únicamente dentro de los hogares. Los estadios pueden convertirse en escenarios donde se normalizan agresiones…»

COLUMNA GITANA INSURRECTA de Mónica Franco

Un aficionado de la selección mexicana apuñala una pantalla de televisión después de que su equipo fuera derrotado.

Otro más golpea a su esposa cuando termina el partido y el marcador no le favorece.

Otro violenta sexualmente a su pareja frente al televisor encendido, convencido de que la adrenalina del juego aumenta su placer.

Las escenas parecen distintas, pero comparten un mismo mensaje: si pierde mi equipo, tú pierdes conmigo.

Mientras millones de personas se preparan para vivir la emoción del Mundial de Futbol 2026, existe una realidad que rara vez aparece en las transmisiones deportivas o en las campañas publicitarias. Para miles de mujeres, los grandes eventos futbolísticos no representan una fiesta. Representan miedo.

Investigaciones realizadas en distintos países han documentado que durante torneos de futbol aumentan las agresiones contra las mujeres. Organizaciones de apoyo a víctimas y organismos internacionales como ONU Mujeres han advertido incrementos significativos en llamadas de emergencia y denuncias relacionadas con violencia familiar durante competencias deportivas de gran impacto mediático.

La pregunta es inevitable: ¿qué tiene que ver el futbol con la violencia contra las mujeres?

La respuesta no está en el deporte. El problema no es el balón ni los noventa minutos de juego. El problema surge cuando la pasión deportiva se mezcla con una idea de masculinidad que enseña a muchos hombres que deben ganar siempre y a desbordar su furia si pierden.

Cuando un hombre rompe objetos después de una derrota, suele escucharse que fue por pasión. Cuando grita, humilla o agrede a una mujer, también aparecen las excusas: estaba enojado, había bebido demasiado o el partido lo alteró. Pero ninguna derrota deportiva puede justificar la violencia.

Como han señalado especialistas y organizaciones que trabajan con víctimas, las mujeres suelen convertirse en receptoras de la frustración masculina porque persisten relaciones de poder que las colocan en una posición de vulnerabilidad. Una derrota no crea a un agresor; simplemente revela conductas que ya estaban presentes.

La violencia vinculada al futbol tampoco ocurre únicamente dentro de los hogares. Los estadios pueden convertirse en escenarios donde se normalizan agresiones que después se trasladan a otros espacios. En Europa, el fenómeno de los hooligans mostró durante décadas cómo la exaltación de la violencia y la confrontación podía desbordar los límites del deporte.

En América Latina también existen ejemplos preocupantes. En Puebla, una mujer fue brutalmente pateada por un aficionado durante hechos violentos ocurridos en las gradas del Estadio Cuauhtémoc. La imagen recorrió el país porque mostró algo que muchas veces se intenta minimizar: detrás de la camiseta, de los cánticos y de la rivalidad deportiva también pueden esconderse formas extremas de violencia.

A unos días que inicie el Mundial 2026, la conversación debe ir más allá del país favorito para ganar o del mejor futbolista del mundo. Preguntémonos: ¿cuántas mujeres sienten temor cuando se acerca un partido importante? ¿Cuántas cambian sus rutinas para evitar conflictos? ¿Cuántas saben que una derrota deportiva puede significar una noche de insultos, amenazas o agresiones?

El futbol tiene la capacidad de unir comunidades, despertar emociones y generar alegría colectiva. Pero ninguna pasión deportiva puede estar por encima de la dignidad, la integridad y la seguridad de las mujeres.

Si eres hombre y has llegado hasta aquí, vale la pena hacer una pregunta: ¿qué haces con tu frustración cuando las cosas no salen como esperabas? Si jamás has utilizado el enojo como pretexto para humillar, controlar o lastimar a una mujer, entonces tu papel no termina ahí. Habla con tus amigos, con tus hijos, con tus compañeros de trabajo y con los aficionados que te rodean. Ayuda a romper la idea de que la violencia es una expresión natural de la masculinidad o una consecuencia inevitable de la pasión futbolera.

Porque cuando un equipo pierde, sólo pierde un partido. Pero cuando una mujer es golpeada, amenazada, humillada o violentada, las consecuencias pueden acompañarla durante años. El marcador cambia al final del juego; las heridas físicas y emocionales no.

La violencia contra las mujeres no es parte del futbol, no es parte de la pasión y no es parte de la identidad masculina. Nunca lo ha sido y nunca debe serlo.

REDACCIÓN

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