Cuba: petróleo, discursos… y un pueblo que sigue esperando

Columna Gitana Insurrecta de Mónica Franco

Rusia envía petróleo a Cuba y la izquierda latinoamericana celebra como si fuera una victoria. Pero no lo es.

Es apenas un respiro en un cuerpo que lleva décadas asfixiado. Es gasolina para iluminar ciudades que quedaron en tinieblas por apagones masivos, pero que no alcanza para encender la dignidad de un pueblo que sobrevive entre el bloqueo externo y las deudas internas.

La presidenta Claudia Sheinbaum ha sostenido una postura clara: el bloqueo a Cuba es inhumano. Y tiene razón. Lo es. Castiga a un pueblo entero en nombre de una disputa política que ha fracasado durante más de medio siglo.

Pero también hay otra verdad que incomoda —y que pocos quieren decir en voz alta desde la izquierda—: Cuba no puede seguir siendo solo un símbolo.

Porque mientras se le defiende en tribunas internacionales, en la vida cotidiana se desmorona. Mientras se le usa como estandarte ideológico, hay mujeres haciendo filas eternas para conseguir un poco de arroz. Mientras se le convierte en bandera, hay infancias creciendo con hambre.

Yo lo vi. No desde un hotel. No desde la distancia cómoda del análisis. Lo caminé.

Comí en fondas con cubanos, donde el plato es generoso en arroz… y casi simbólico en carne. Donde el pescado y los cortes buenos no son para quienes viven ahí, sino para quienes llegan con divisas. Para los extranjeros. Para los que pueden pagar lo que el cubano común ni siquiera puede imaginar.

Vi al vendedor de verduras empujar un carrito de madera bajo el sol inclemente, ofreciendo tomates y ajíes casi cocidos por el calor. Vi cómo la escasez no solo vacía estantes, también desgasta cuerpos.

Y escuché historias que no salen en los discursos.

Que cargamentos de comida se pierden en carreteras, desviados por redes que sobreviven en la sombra de un sistema que ya no alcanza para todos. Que lo poco que llega, no siempre llega a quien lo necesita. Esa es la Cuba que no cabe en los aplausos.

Fumaba un cigarro sin filtro aquella noche en La Habana cuando entendí que Cuba no es un viaje al pasado.

Es un presente contenido.

Un país donde conseguir comida es más difícil que conseguir ron. Donde, en muchos casos, el intercambio del cuerpo define quién come proteína y quién sobrevive con lo mínimo. Donde las mujeres sostienen lo que el sistema —y el mundo— les ha dejado caer encima.

Porque sí, el bloqueo aprieta y también desgasta.

Y en ese desgaste, las mujeres ponen el cuerpo: dejan de comer para que sus hijos coman, migran para sostener a sus madres, se reinventan todos los días en una economía que no perdona.

Las niñas y los niños crecen viendo eso. Aprenden que la vida es resolver lo imposible. Que el futuro no es una promesa, es una apuesta.

Y mientras tanto, Cuba sigue siendo utilizada.

Por Estados Unidos, como castigo ejemplar.

Por sectores de la izquierda, como símbolo romántico de resistencia.

Pero entre esos dos relatos, hay una verdad que no cabe en ningún discurso:

El dolor del pueblo cubano no es un símbolo. Es real.

Recuerdo a Sharon, multiplicando su jornada como maestra y guía turística. A Carlos, narrando una ciudad que no puede habitar plenamente. A Michel, mirando el mar como si fuera la única salida.

Y recuerdo también a los jóvenes. A esos que caminaban con los brazos tatuados con una palabra que hoy duele leer: Obama Freedom. Como si la libertad pudiera escribirse en la piel cuando no se puede vivir en la realidad.

Ese viaje no lo hice sola. Lo hice con mi hijo.

Caminó conmigo esas calles. Vio esas miradas. Entendió —sin que yo tuviera que explicarle demasiado— que la libertad no es un discurso: es la posibilidad de elegir sin miedo, de comer sin angustia y de quedarse sin sentirse atrapado.

Por él escribo esto. Para que nunca normalicemos que un pueblo entero tenga que resistir para vivir. Para que dejemos de romantizar el aguante y empecemos a exigir condiciones reales.

Porque ningún envío de petróleo va a resolver lo estructural.

Porque ningún discurso —de izquierda o de derecha— debería estar por encima de la vida cotidiana de la gente.

Y porque en medio de todo, hay una certeza que no cambia: Donde el bloqueo aprieta, las mujeres sostienen la vida.

Pero incluso la resistencia más digna se cansa.

Y Cuba —la real, la de carne, la que suda bajo el sol y hace filas— ya lleva demasiado tiempo esperando algo más que sobrevivir.

REDACCIÓN

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