“La fe es creer lo que no ves; la recompensa de esta fe es ver lo que crees. (San Agustín de Hipona).

El ESPACIO de José Luis Gámez Jiménez.
Es muy interesante el haber visto tanto en la habitación de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “el Mencho”, como en la entrada de su cabaña iconos religiosos que nos hacen preguntarnos: ¿este hombre, habría sido, supuestamente, fiel creyente y practicante de la religión católica?
Sus actuaciones sádicas, asesinas, sanguinarias y su inmensa sed por el poder y el dinero nos hablan de una profunda dicotomía entre su creencia y su actuación delictiva, lo cual hace que dudemos de una sinceridad religiosa; manifiesta, más bien, una religiosidad fincada en el interés, el miedo y la conveniencia.
El, estaba interesado por tener un respaldo, hipotéticamente, superior al que podrían proporcionarle ese séquito de guaruras y sicarios que, tal vez, podrían traicionarlo o, asesinarlo; esas fuerzas superiores estaban conformadas, no por seres terrenales sino por fetiches: la Virgencita de Guadalupe, San Judas Tadeo y San Charbel como operadores directos e infalibles en los cuales, depositaba su confianza, es decir: su fe, mediante rituales, veladoras y plegarias, solicitando más que nada protección, paradójicamente: un malo pidiendo ser liberado de aquellos que para él, desde su perspectiva, eran los “malos” que obstaculizaban, destruían, desarticulaban y perseguían sus “negocios.
Para ello, recitaba, específicamente, el poderoso salmo 91, para que, según su criterio, salir avante más fortalecido ante los embates de sus “enemigos” agregando, además, la solicitud de un más prolongado y robustecido poder que se mantendría y acrecentaría, lo que, en su cerebro sin escrúpulos, consideraba solo, “un negocio” una “ empresa” pues como, todo un buen capo, codiciosamente, trabajaba en mejorar la estructuración y expansión.

Constante de su imperio tanto en lo internacional como nacionalmente pero, a su vez, sentía temor y angustia paranoica ante la impredecible duración de su existencia como ser humano y como un, ya consumado, empresario; léase: traficante de drogas, también reflexionaba mientras, emulaba a Don Vito Corleone que decía: “ crea un imperio tan grande que hasta los que te odien te busquen para pedirte empleo”. Al correr el tiempo debido a sus enfermedades y al cerco de las autoridades le llevo a reflexionar en el posible tiempo de duración o caducidad de sus negocios.
La frialdad y la inmoralidad de los miembros de la delincuencia organizada es muy semejante: matan, roban, secuestran, extorsionan y se persignan. En la actualidad, Tanto el raterillo y la fardera de Moyotzingo, pasan al templo para arrodillarse, persignarse y pedirle a la virgencita los proteja en su “trabajo” por realizar en el mercado de ropa en San Martin Texmelucan como, los halcones, sicarios y capos depositan tanto su fe como sus limosnas: oran, se arrodillan, piden que sus armas sean bendecidas y, hasta cultivan amistad con el cura de su parroquia.
La anormalidad se ha vuelto normal y, como dijera Mahatma Gandhi: “lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena.


