Opinión

Méndez Arceo en sus homilías dominicales, que por cierto, daban la nota periodística, que la prensa editorializaba durante la semana, recurría a la reinterpretación del evangelio

EL ESPACIO de José Luis Gámez J.

En la primera parte de esta reflexión, se establecieron líneas generales sobre el desempeño de 30 años de trabajo de Monseñor Sergio Méndez arceo en la diócesis de Cuernavaca Morelos en sus manifestaciones visibles tanto en lo litúrgico como lo cultural y su influencia tanto nacional como internacional al declararse partidario de la teología de la liberación y su preferencia por los pobres, asunto que espantaba a los católicos recalcitrantes y a la propia jerarquía.

Un domingo, al concluir la misa, tomó el micrófono para declarar: “este obispo payaso, que se viste de charro para celebrar la misa, los invita a leer al bondadoso Marx”.

Sintéticamente: el catolicismo tradicional de esos años, e inclusive, en estos días, ha sostenido que el Marxismo es, entre otras tantas cosas, ateo y materialista. Tal afirmación nunca tuvo fundamento pues Marx nunca negó ni afirmó la existencia de Dios, más bien  resaltaba el fetichismo incrustado en las religiones que no hablan del Dios verdadero sino de un dios profano como es el capital que no es Dios sino un fetiche por lo que se tiene que negar. Marx afirmó “El Ateísmo no tiene más función después de que se ha negado la negación del ser humano”, Marx no estaba por el ateísmo sino por el anti fetichismo. Baste observar un billete de dólar para leer la frase; “in God we trust”: en Dios confiamos pero: ¿en cuál Dios confían? En la actuación del sistema capitalista está la respuesta: su Dios (fetiche) es el dinero. Para que este dios se mantenga en su pedestal es necesario que, a través del expansionismo, haya más adoradores cautivos dispuestos a ser inmolados en honor al capital. Méndez Arceo llegó a afirmar: “El capitalismo no es cristiano”.

La teología de la liberación se propone precisamente en liberar al hombre de los fetiches qué, como supuestos dioses, lo han sometido de tal forma que le impiden realizar el reino de Dios, aquí, en la tierra. Méndez Arceo en sus homilías dominicales, que por cierto, daban la nota periodística, que la prensa editorializaba durante la semana, recurría a la reinterpretación del evangelio y le daba connotaciones de actualidad con el fin de revalorar al ser humano con toda su dignidad y fortaleza liberadora, a su vez, conminaba a los poderes tanto políticos, económicos y religiosos para que se involucraran en la reivindicación del ser humano asumiendo un compromiso donde la aplicación de la justicia tanto distributiva como retributiva y procesal se hiciesen realidad sin discriminación, posición social o creencia religiosa.

Acudía a las parábolas del evangelio para ilustrar la idea que deseaba compartir, pero no de manera convencional ni rutinaria: un hombre que viajaba de Jerusalén a Jericó es asaltado y abandonado. Un sacerdote y un levita pasan de largo sin ayudar: al reinterpretar esta parte de la parábola, Méndez Arceo ve en el sacerdote a un ser soberbio, caminando con una sola preocupación: las cosas relacionadas con el templo y su poder religioso, lo demás está fuera de su realidad. En el levita observa un poder principesco por tanto, considera indigno el siquiera voltear a ver al caído y se muestra insensible ante el dolor ajeno. Pero, un samaritano despreciado por los judíos, se compadece de él, lo cura, lo lleva a una posada y paga su cuidado. El samaritano, no pertenece ni a la clase sacerdotal, ni a la principesca: el es del pueblo que ayuda libre y consciente y solidariamente, ejerciendo la compasión con un semejante, haciendo a un lado toda clase de prejuicios y sin tener escaño o poder alguno. La parábola concluye con una invitación: vayan y hagan lo mismo.

 Era necesario, a su vez, hacer notar las fallas de los poderes en cuestión provocando, con ello, reacciones adversas como Lo fue la recepción agresiva en el aeropuerto de la Ciudad de México, un grupo derechista le lanzó ofensas y tinta roja, después de haber asistido a la república de Chile a una reunión de jóvenes católicos por el socialismo y a una entrevista con Salvador Allende, primer presidente socialista democrático y derrocado, posteriormente, por Augusto Pinochet subvencionado por los EEUU.

Tan controversial fue la actuación del obispo rojo qué fue observado con lupa desde el vaticano a través de los ojos de Giloramo Prigione, nuncio apostólico en aquel entonces, de tal forma que al ser cuestionado por los periodistas Prigione alcanzó a contestar de manera eufemística: “Méndez Arceo es una voz discordante en el coro de la iglesia”. Se entiende por “coro” al resto de la jerarquía alineada y muy alejada de su propia realidad y la de su entorno y, por lo que se ve, en la actualidad, siguen con esa misma actitud: la del sacerdote preocupado única y exclusivamente por los asuntos del templo y por una religiosidad basada en sacramentales y en el analfabetismo evangélico.

Aquellos que estimularon la primavera eclesial con su ministerio inquieto y renovador, se han ido muriendo o los han hecho a un lado  y, lo peor, no se atisban sucesores que continúen con esa línea o, tal vez, ahí están indecisos para mostrar el verdadero rostro del evangelio liberador.

REDACCIÓN

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