Opinión

Muchos de los que deambulan por las calles, pertenecen a estos grupos de acosadores pues nunca aprendieron a gestionar adecuadamente sus instintos y emociones

  EL ESPACIO de José Luis Gámez J.

Ante el bochornoso acontecimiento donde la Presidenta de la República fue objeto de acoso sexual por parte de un sujeto alcoholizado, y tal vez drogado, me lleva, en primer lugar, como ser humano, a compartir esta reflexión con otro ser humano, con otro semejante para establecer puntos de vista en torno a todo lo relacionado con nuestra forma de concebir la figura femenina y nuestra propia figura como seres masculinos.

Empecemos en forma resumida a ubicar sin prejuicios morales la conformación anatómica en ambos géneros, somos semejantes salvo en partes específicas del cuerpo: nuestros órganos y sistemas funcionan igual, el corazón palpita igual, el sistema digestivo, los pulmones tienen la misma función tanto en la mujer como en el hombre, pero en ellas hay un bellísimo agregado: el de dar a luz. Esto significa que la prolongación de la especie y como manifestación tangible existen, tanto niños y niñas destinados en la gran mayoría a seguir repoblando el planeta, como lo hemos hecho los que ahora somos adultos.

Además del aspecto anatómico y biológico, permean, en cada uno de nosotros como seres vivos, los instintos de supervivencia, como son los de respirar, alimentación, el obtener y preservar el techo donde vivir, el vestido y el de la reproducción como elementos esenciales para conservar la especie humana. Esto forma parte de la naturaleza puramente animal: hasta aquí, solamente funcionamos de manera similar a estos seres vivos.

Ahora bien, hay quienes se quedaron en la pura etapa instintiva, pues, independientemente de tener o no alguna preparación académica, actúan consecuentemente de esa manera, agregando, además, otras disfuncionalidades, tal vez hasta patológicas, generadas en un seno familiar poco o nada funcional donde. tal vez, ha habido agresión tanto física y psicológica donde se muestra desprecio y devaluación hacia la o las figuras femeninas integrantes de la familia con un amargo desamor y con acoso sexual tanto simulado y, porque no decirlo, inclusive con relaciones sexuales incestuosas.

Lo anteriormente expuesto nos habla de que muchos de los que deambulan por las calles, pertenecen a estos grupos de acosadores pues nunca aprendieron a gestionar adecuadamente sus instintos y emociones, no tienen las herramientas elementales para expresarse adecuadamente y, al no poderse manifestar de forma sana y natural  agregan, muchas veces, sustancias como alcohol o droga para acercarse a una mujer de manera subrepticia, no para cortejarla sino para violentarla mandando, con ello, un mensaje:  que tienen el derecho para  tomar por asalto todo lo que pidan sus instintos, incluyendo a las mujeres, pues ellos, infieren que ellas son objetos y, como tales, se les deba tratar, mover o utilizar.

El tema de la cosificación en la mujer, tiene muchas aristas qué incluyen: el tráfico humano, los concursos de belleza, la industria de la cosmetología y el acoso sexual llevado a cabo en todos los lugares como la calle el transporte público, las oficinas, escuelas y en iglesias de todas las denominaciones. Esto nos dice que un acosador bien puede ser uno que vagabundea por las calles vistiendo harapos o un alto ejecutivo o ministro que ejerce, utilizando el poder, el todo tipo de acoso sexual.

La mujer, en nuestra sociedad machista, navega contracorriente pues encara cotidianamente a toda una serie de depredadores, que tal vez ignoran que ella camina con el cuerpo que tiene y, en la forma que Toda mujer lo hace al andar; viste y se maquilla según su gusto y criterio; sonríe y su sonrisa es para mostrar gentileza, amabilidad satisfacción y alegría; como todo ser humano, habla con su voz blanca para expresar sentimientos, emociones e ideas pues piensa y siente la necesidad de comunicar sus ideas, sentimientos y emociones  con sus semejantes. Así que, si viste y camina, se maquilla, sonríe y se expresa no es necesariamente para provocar a cualquiera que se cruce por su camino; no lo hace, necesariamente, para nadie en particular. Ella, solamente ella, sabe con quién entablar una relación cercana o íntima. Ella elige, no el depredador.

El acosador al tocar de manera procaz a una mujer, está invadiendo un cuerpo que es un recinto sagrado que por su naturaleza debe merecer un profundo respeto, está violentando a otro ser humano, conculcando su derecho a la dignidad y que por ese solo hecho, al ser agredida el depredador incurre en un acto delictuoso pero, sobre todo manifiesta una patología muy profunda qué no lo hace apto para interrelacionarse, no solo con la mujer sino también, con la sociedad.

Platicando con una amiga le pregunté: ¿qué piropo, de los que te han dicho, te ha gustado más?

 Ninguno me ha impresionado porque no quiero piropos, quiero respeto. Me contestó serenamente.

Así que, caballeros a ponernos las pilas, a ser más creativos y respetuosos en la relación con el sexo femenino y, aún más en el cortejo asumiendo con dignidad el rol de pretendiente.

REDACCIÓN

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