Opinión

Colaboración de José Luis Gamez J.

La pobreza ha sido el tatuaje grabado en la dignidad del ser humano sin merecerlo siquiera.

La pobreza ha sido la cónyuge permanente qué ha cohabitado, compartiendo migajas humillantes de un estado opulente, quien decidía hasta donde se tenía que servir el plato.

La pobreza, eterno discurso y bandera, camuflada con bisutería y espejitos baratos, paliativos provisionales, que el oligarca, desde su soberbia, se dignaba sorrajar en el rostro del necesitado.

Esa pobreza ancestral qué contemplaba la moneda en la mano para fraccionarla entre lo necesario y lo urgente; o la que hurgaba con angustia los rincones del monedero esperando que existiera lo inexistente.

Esa pobreza migrante, tuvo que esconder su obesidad en compartimientos secretos de una raída mochila mientras, otra parte: se quedaba arrumbada en los surcos ajados de una parcela desnutrida y estéril; el resto, se quedaba como herencia familiar sin escrituras  ni notario solo para ir y ser, ser mano de obra barata en un sistema donde impera el consumismo, la decadencia y el fentanilo.

Esa pobreza que arañó, desesperada, los bloques de un muro erigido desde la prepotencia y el capricho unilateral y con resquicios convenientes, qué impiden el ingreso de *indeseables” pero no la salida militar con misiles de codicia y ambición expansionista.

Esa pobreza se está diluyendo; se está restituyendo la dignidad, la conciencia y la fortaleza qué, por momentos, estuvo a punto de la inanición y la muerte.

REDACCIÓN

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