No hace mucho, me hablo un amigo político y compadre, a la vez, para anunciarme la muerte de su antiguo jefe en una Secretaría, creo que de Agricultura en un estado que no recuerdo porque, ya han pasado muchos años.

Total, que, fingiendo sorpresa le exprese ¿como que se enfrió? no seas irreverente, ¡como que se enfrió!: pasó a mejor vida. No compadre si hubiera pasado a mejor vida, habría llegado a la grande, más bien, se pasó al otro barrio, felpó, colgó los tenis le revire junto con una carcajada tan sonora que mi oyente tuvo que separar el celular de su oído.
Y a todo eso ¿por qué me llamas?
Para que me acompañes al velorio qué se llevara a cabo en su tierra natal: en San Citindango de las Pitayas.
¡Huyy, que lugar tan bonito!
¿te acuerdas de esas juergas en su rancho?
Cómo nos la pasábamos requetebién. Las novilladas en su placita particular.
¿Te acuerdas del matador que trajo desde España solo para lidiar a los mejores toros que tenía en su ganadería? ¡claro que me acuerdo! ¡pobre mataor! No pudo con el paquete y tuvo que pinchar, creo que por cuatro veces y acudir al descabello para liquidar al burel, y lo peor, al ir a recoger la montera, el jefe decepcionado con la actuación le espeto, “matador, usted debería tomar clases de toreo” a lo que ese torerillo le contestó, ¡claro Señor! Y para aprender a matar, acudiré a usted pues dicen, que lo sabe hacer muy bien.
¡Cállate la boca! Lo tuvimos que detener porque estuvo a punto de sacar su arma para mandar a calacas a ese matador. Así se las gastaba mi patrón.
Tons’ qué ¿me vas a acompañar? Si dices que sí, mando la suburban por ti.
Llegamos a San Cirindango de las Pitayas y nos dirigimos al Rancho Los Potreros, la pequeña propiedad de cien hectáreas obtenida a punta de convencimientos, amenazas, transtupijes y de balazos.
Poco a poco fue aumentando el número de asistentes entre deudos, amigos, compadres y curiosos. Pasamos a la capilla ardiente donde el féretro que contenía los restos de tan ilustre personaje ya estaba rodeado de arreglos florales y coronas con las cintas negras y letras impresas con brillantina.
En un rincón de la capilla estaba un bar con bocadillos, algunas botellas con licores, café galletitas y, en otro extremo unas personas organizando una serie de guardias de honor que pasarían a permanecer por algunos minutos a los costados del ataúd.
Mientras, mi amigo saludaba a personajes que formaban parte de corrillos murmurantes. Yo me di a la tarea de ir escuchando lo que por ahí se decía.
¡No hombre! De lo que uno se entera.
Alguien preguntó interesado sobre las causas de la muerte del susodicho y más que veloz le contestó el medico que lo atendió, “lo mataron los triglicéridos”.
Muchos asintieron moviendo levemente su cabeza, pero, no faltó quien alzó la voz con firmeza Preguntando: ¿de qué barrio es esa banda? No es posible seguir viviendo así con tanta inseguridad. Los demás hicieron un discreto mutis, otros tantos tuvieron que contener la carcajada.
Otra señora que conversaba, en voz baja con su vecina de asiento afirmaba qué había escuchado a la entrada de la capilla qué el finado había dejado dispuesto que no quería ser sepultado más bien, deseaba ser inseminado. Dirá usted: incinerado, Aah si, eso, eso.
Mientras las guardias desfilaban interminables ante el féretro y las conversaciones giraban en torno a las virtudes, gustos, preferencias y debilidades del finado, salí a un jardín aledaño a fumar un cigarrillo y leer los mensajes que estaban llegando a mi WhatsApp.
Sabemos que estas en el funeral me decía alguien.
Recítale al que ya entregó el equipo esa cita que te sabes: “los muertos que vos matasteis gozan de cabal salud”. O aquella otra que dice: “mi dolor termina en el momento en que morí, el tuyo empieza ahora que tienes que cargar con mi sombra”. Me quede reflexionando y claro que no, de ninguna manera externaría tales mensajes, no saldría vivo de ahí.
Mi amigo me encontró sumido en esas reflexiones y con señas me instó a regresar a la capilla. En esos momentos un orador, comenzó una remembranza del difunto que me hizo recordar una frase contenida en una canción de Chava Flores: “cuando vivía el infeliz ya que se muera y hoy, que ya está en el veliz, que bueno era”.
Discretamente me acerque a la barra tome un vasito lo acerque a la cafetera para llenarlo y al tiempo que le daba el primer sorbo logré escuchar a la viuda que le decía a su hijo: acércate al ataúd y cerciórate si en verdad es tu padre el que está ahí tendido. La duda le entró, después de escuchar la lista de tantos elogios y virtudes mencionados por el orador.
El momento de la cremación por fin había llegado; muchos de los asistentes, casi todos políticos, llegaron a pensar qué le untarían al finado mucha crema. Unos tuvieron que acudir a Google para cerciorarse de lo que se trataba y así no hacer el ridículo ante los demás; otros se quedaron con la duda.
El cuerpo, sometido a altas temperaturas tardo casi tres horas en quemarse, tiempo suficiente para que como dijera el refrán: “el vivo al gozo y el muerto al pozo” le llegamos a lo que pomposamente llamamos Snacks, pero aquí en San Cirindando de las Pitayas donde, “la muerte nos pela los dientes” les llamamos botanas y a estas le entramos generosamente “al fin y al cabo, mundo ahí te quedas” y no le hace que después digan: “de muertos y tragones, están llenos los panteones”.
Finalmente le entregaron a la viuda llorosa y compungida la urna con las cenizas de su esposo y ella con esa filosofía tan profunda comento: no somos nada, miren, en esta urna está el resumen de toda una vida, no somos nada.
Atrás de ella, los encargados del horno crematorio, irónicamente le dijeron: ya le entregamos las cenizas ¿a dónde llevamos las cuatro latas de manteca qué salieron? La verdad el fallecido estaba muy obeso.
Poco a poco nos fuimos despidiendo de la familia. Unos minutos antes de llegar a abrazar y despedirnos de la viuda, mi amigo me dijo: la señora esta conmovida, ¿ya tan pronto? Le conteste. No seas bruto, conmovida, del verbo conmover. Oye, tú que has estado más cerca de la familia de tu ex jefe sabes qué epitafio le pondrán en su lápida. Él nunca me dijo nada acerca de eso, pero, sería buena idea que tú, que eres más creativo redactaras algunos, se los presentamos a su esposa y, que ella decida.

Ahí te van algunos que no son míos, pero no están muy choteados, por ejemplo: “aquí yaces, gordo, y haces bien, tu descansas y nosotros también”.
Esta bueno, a ver otro: “gracias por venir a visitarme, disculpen el polvo y que no pueda pararme para recibirlos”. Otro, otro. “quiero morir como mi padre, ¿en paz y durmiendo? No, gritando aterrorizado como sus pasajeros” y, si quieres otro más, ahí te va: “no le temo a la muerte, simplemente no quiero estar ahí cuando suceda”.
Y como escribieran en la sepultura de uno de los animadores de las caricaturas de la Warner Bros que nos divirtieron mucho en nuestra infancia: “eso es todo amigos” disfruten mucho estas próximas fiestas donde honramos muy cariñosamente a nuestros difuntos.



