Opinión

“El Peor enemigo de un pobre, es otro pobre que se cree rico y que defiende a los que hacen pobres a los dos”: Pepe Mujica.

COLUMNA EL ESPACIO de  José Luis Gámez J

El término: aspiracionista o aspiracionismo nunca se ha aplicado a los legítimos anhelos que tiene un ser humano; esto debe quedar muy claro, puesto que todos tenemos sueños que deseamos cumplir ya sea a corto, mediano o largo plazo. Sin embargo, en nuestra sociedad de consumo, médula del sistema capitalista, las aspiraciones legítimas dejan de ser Cuando se convierten en necesidades creadas qué deben ser cubiertas urgentemente tanto para obtener un estatus y para mantenerlo vigente y con la ilusión de escalar a un estrato más alto.

El aspiracionismo no es otra cosa más que una especie de sueño en el que alguien se sumerge y gasta su vida para logra un ascenso social, donde brille el éxito económico y el consumo de satisfactores en abundancia y a toda costa, es decir: pasar sobre quien sea y como sea.

El aspiracionista entra al mercado laboral para entregar lo mejor de su vida, de su tiempo, al servicio del dueño del capital y, este lo exprime cotidianamente pidiéndole cada vez más no solo buenos, sino excelentes resultados en sus tareas ya sean como la de mano de obra o como la de profesionista. Renta su tiempo, su vida y su independencia en función de una reciprocidad  nada igualitaria pues, el dueño del capital lo “ estimula” con aumentos raquítico, con  promociones, puntos por productividad y ascensos, que suelen alimentar el ego y el falso sueño por ocupar y permanecer en un lugar privilegiado, tanto en el cuadro de honor en la empresa con promesa, generalmente, fallida, para pasar a la clase alta; para ello, tiene que cambiar sus hábitos y costumbres   olvidar y despreciar sus raíces, sus orígenes, por ende, incluye, también,  el menosprecio a sus congéneres que se quedaron en la “pobreza” sin tener en cuenta que él, como aspiracionista, ya ha sido domesticado por el dueño del dinero y la sociedad de consumo, para tener y consumir productos y servicios, todos fiados, utilizando para ello, las tarjetas de crédito.

  Los pobres que dejo en el barrio y, a los cuales desdeña, siguen siendo pobres pero libres; el sigue siendo pobre y, además, esclavo, con una cantidad de satisfactores qué no serán suyos hasta que termine de pagarlos: para ser sinceros el aspiracionista vive encadenado arrastrando una serie de deudas ocultas en la parafernalia y la magnificencia de una casa y en los escondrijos de su garaje.

Un aspiracionista rinde pleitesía y admiración a los amos el dinero, quizás, en el fondo anhela llegar a ser uno como ellos en lo más íntimo de su ser bulle la ilusión de llegar, algún día a ocupar ese sillón ejecutivo: es más, trabaja de manera sucia haciendo todo lo que está en su mano, sin importar los medios: traiciona, calumnia, intriga e inclusive se pone de tapete para colarse hasta los primeros círculos y así lograr sus propósitos personales.

El aspiracionista, además de anhelo por alcanzar el éxito, sostiene que lo tiene que lograr de manera individual. De ninguna manera acepta el acompañamiento pues imagina que cualquiera de sus posibles acompañantes podrían ser sus enemigos en potencia, listos para desbaratar sus sueños y aspiraciones. Prefiere escalar solo o utilizar a sus pares como peldaños para que, una vez, logrado su objetivo forme un equipo con incondicionales qué satisfagan sus intereses individuales, dando por descartada toda conciencia social.

A manera de conclusión la siguiente frase desalienta el aspiracionismo individualista, que busca escalar en búsqueda de objetivos egoístas.

         La pobreza llega cuando crecen sin medida los deseos.

REDACCIÓN

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