Opinión

COLUMNA GITANA INSURRECTA de Mónica Franco

La posible llegada de Michelle Bachelet a la presidencia de la Organización de las Naciones Unidas no es solamente la aspiración de que, por fin, una mujer conduzca el organismo a 80 años de su fundación. Es algo mucho más profundo: la apuesta de América Latina por reconfigurar el tablero internacional desde una visión progresista, soberana y humanista.

En 2026 la diplomacia ya no se mueve únicamente por cercanía geográfica o intereses comerciales. El mundo se está acomodando por afinidades políticas. De un lado aparece el llamado “Escudo de las Américas”, encabezado por Estados Unidos y sostenido por la lógica de la seguridad, el control y las amenazas militares. Del otro comienza a tomar forma un bloque distinto, el Movimiento en Defensa de la Democracia, impulsado por México, Brasil y España, que coloca en el centro la soberanía de los pueblos, el multilateralismo y la justicia social.

Por eso la candidatura de Bachelet tiene un peso político que rebasa a Chile. Su eventual llegada a la ONU fortalecería a la izquierda latinoamericana en el escenario global y abriría una nueva etapa en la que el Sur deje de pedir permiso para hablar y comience, por fin, a fijar agenda.

No es casual que su postulación haya sido respaldada por los gobiernos de México y Brasil, incluso después de que el nuevo gobierno chileno retirara su apoyo oficial. Claudia Sheinbaum y Luiz Ignacio Lula da Silva decidieron mantener viva esa candidatura porque entienden que no se trata sólo de una persona, sino de defender una idea de mundo frente al avance de la ultraderecha y del intervencionismo.

He caminado ciudades que todavía respiran la memoria de las derrotas y las resistencias. Caminar por el Barrio Gótico de Barcelona es ver en los muros las heridas de la guerra civil española, como si las piedras siguieran diciendo que ninguna victoria justifica la barbarie. Quizá por eso tantos españoles no quieren volver a escuchar el lenguaje de las bombas ni de las trincheras.

He recorrido también las calles de Valparaíso y de Santiago, donde el recuerdo del golpe de Estado contra Salvador Allende no es una página cerrada sino una cicatriz viva. En Buenos Aires, frente al Parque de la Memoria y en la inmensa Plaza de Mayo, he sentido sin estridencias el dolor de las madres que siguen buscando a sus hijos desaparecidos. Hay lugares donde la historia no se lee: se pisa, se escucha y duele.

También he caminado por Montevideo, donde el silencio del antiguo Penal de Punta Carretas y la memoria de la dictadura recuerdan que la democracia puede romperse en cualquier momento. Y he recorrido La Habana, donde la épica revolucionaria convive con el cansancio, las carencias y la tristeza de un pueblo que durante décadas ha sido utilizado como bandera por unos y como enemigo útil por otros.

Todas esas ciudades tienen algo en común: no quieren más golpes de Estado, no quieren más intervenciones, no quieren volver a escuchar los pasos de los soldados en las plazas.

Por eso no es menor lo ocurrido en la reciente Cumbre en Defensa de la Democracia realizada en Barcelona. Ahí, la preocupación por una eventual intervención militar de Estados Unidos en países latinoamericanos dejó de ser una exageración para convertirse en una conversación abierta. Mientras algunos sectores del poder estadounidense vuelven a justificar intervenciones “por razones de seguridad”, en el otro lado del Atlántico crece la convicción de que América Latina debe cerrar filas.

La amenaza pesa especialmente sobre México. Las declaraciones reiteradas de Donald Trump sobre una posible intervención militar en territorio mexicano, bajo el pretexto del combate al narcotráfico, han encendido una alarma que hace años parecía impensable. No es una discusión abstracta: es la posibilidad de que un país poderoso pretenda cruzar la frontera con la vieja idea de que la fuerza puede sustituir a la política.

Frente a eso, la postura de Sheinbaum ha sido clara. Defender la soberanía mexicana sin romper el diálogo internacional y convertir a México en un espacio de articulación democrática para América Latina. Por eso su propuesta de que la próxima Cumbre en Defensa de la Democracia se realice en México tiene un enorme significado político: sería una respuesta serena, pero firme, frente a las amenazas. Un mensaje de que este país no está dispuesto a aceptar tutelas ni invasiones, pero tampoco a quedarse solo.

La candidatura de Bachelet y la invitación de Sheinbaum para que México sea sede de esa próxima cumbre forman parte de la misma fotografía: una izquierda latinoamericana que busca reorganizarse, reconocerse y construir un frente común ante los nuevos riesgos.

Porque los fantasmas del pasado no han desaparecido. Sólo cambiaron de uniforme, de discurso y de red social. Pero América Latina también ha aprendido algo en estas décadas: cuando la memoria se convierte en conciencia, los pueblos dejan de caminar hacia atrás.

REDACCIÓN

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