Opinión

La sociedad y la religión observaban con lupa y con los criterios de la moral cristiana, el comportamiento, la buena conducta, las buenas costumbres, la virginidad y

EL ESPACIO de José Luis Gámez J.

En las décadas de los cincuentas y sesentas, paulatinamente, se estaba gestando un Movimiento aquí, en México, en torno al revaloramiento de la mujer que por diversas circunstancias era víctima, en alto grado, del machismo imperante y exaltado, entre otras cosas, por las temáticas abordadas en el cine mexicano que, magnificaba la figura masculina como macho dominante, poliamoroso, borracho, parrandero y jugador; además de la cultura doméstica que fomentaba las preferencias hacia el varón resaltándolo como el trabajador y, a su vez, proveedor de lo necesario para la subsistencia hogareña  que, en consecuencia,  tenía derecho a prerrogativas, muy por encima de las mujeres de la casa, las Cuales d3sempeñaban una especie de servidumbre y sumisión; sin capacidad de decisión ni libertad de opinión.

A su vez, el sistema oficial de educación, seguía, con una visión muy corta, la misma línea de formación: instruía, mediante una clase denominada “economía doméstica” mediante la cual, se proporcionaban básicos conocimientos y herramientas elementales para administrar, en un futuro, en muchos casos, no lejano, una casa.

La sociedad y la religión observaban con lupa y con los criterios de la moral cristiana, el comportamiento, la buena conducta, las buenas costumbres, la virginidad y las virtudes muy propias de una señorita para alabarla o criticarla acremente tanto en los corrillos sociales como en el confesionario.

El destino de una mujer, hasta esas décadas estaba muy limitado; si bien concluía su educación primaria, podía continuar su preparación para ser maestra, secretaria o enfermera. En cualquiera de estos tres oficios, la mujer fue abriendo sus horizontes y normar, paulatinamente, sus criterios y sus esperanzas activas de cambio sin embargo, otras tantas mujeres se quedaron estacionadas en esos paradigmas obsoletos pero trágicamente vigentes y así continuaron en el subyugamiento machista.

Lo que se llamó “la segunda ola feminista” en los sesenta, incitó a la mujer a ingresar progresivamente, al mercado laboral con las consecuencias propias de tal atrevimiento. Los resabios de una educación tendiente a la devaloración femenina se hizo presente en las oficinas y empresas que se iban creando y expandiendo por el país y, que a su vez, contrataban a mujeres para sujetarlas a un trabajo igual que el de un varón pero con desigual retribución: al mismo tiempo, la mujer se exponía al acoso sexual, a la discriminación y, otras tantas circunstancias ante las que ha tenido que luchar denodadamente tanto en lo individual como en lo colectivo.

La brecha se ha ido abriendo poco a poco: las mujeres siguen dando la debida importancia al bordado, al arte culinario y, en general a todo lo relacionado con lo doméstico, eso es indiscutible, pero su presencia se está extendiendo impresionantemente bien, de tal forma, que las estamos viendo actuar en muchos campos del quehacer humano con un nivel de excelencia preponderante. Mujeres piloteando aviones comerciales, mujeres investigadoras en los diferentes campos de la ciencia; políticas, catedráticas, deportistas, emprendedoras, empresarias y, lo más importante sin dejar de ser femeninas, sin adoptar poses de varón y sin querer asumirse como varones.

La lucha de las mujeres, a estas alturas sigue, sobre todo, en la equidad de género, contra la violencia tanto física, moral e intrafamiliar. Los índices de depredación femenina aun no desaparecen puesto que aún hay rescoldos machistas que se siguen, tal vez por ignorancia, fomentando en el seno familiar. Nuestra nueva cultura tiene que centrarse en dimensionar objetivamente la figura femenina partiendo del desaprender esos caducos paradigmas y sustituirlos por otros que les hagan justicia y las aprecien con todos los valores propios de un ser humano.

REDACCIÓN

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